Sentir esperanza es algo netamente humano. La esperanza tiene que ver con el futuro, y somos nosotros los únicos seres que tenemos conciencia de un por-venir.
Las ardillas se nos parecen un poco, les gusta ahorrar en verano para comer en invierno, pero probablemente no tienen conciencia de estar guardando. Los animales viven el presente. En nosotros, en cambio, la preocupación por el futuro ni siquiera termina con el fin de la vida. Seguimos planificando e imaginando más allá. Creer en la vida eterna, es creer en un futuro eterno. Querer hacer méritos para una vida en el "Más Allá", es otra forma de preocupación por el futuro. ¿Qué sería de nosotros, entonces, sin la esperanza? Ella, en nuestro imaginario, es capaz de revertir aquello que nos preocupa, o de materializar eso que anhelamos. Esto, de la mano del tiempo que tenemos por delante.
Virtud teologal o mecanismo de supervivencia, el caso es que está ahí, porfiada, desafiante de toda lógica. No hay dato duro que logre ablandarla, ni ser humano que no haya sido iluminado alguna vez, por esa luz ilusionada. Cuando todo colapsa, esa pequeña llama es la última en apagarse. Los hospitales y las cárceles están llenos de ella.
La esperanza fue el tema de nuestra última clase. Quedé sorprendida de su fuerza. Hasta el más escéptico fue capaz de formular algún pensamiento esperanzador, aún que solo fuera la esperanza de olvidar y dejar de sentir angustia. La abrigan incluso hombres condenados a cadena perpetua, que están enfermos y sin visitas. Sin libertad, sin salud, sin dinero, sin familia o amigos, con un sentimiento de culpa lascerante, y sin embargo...esperanzados.
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