CASTIGADOS

 

 

 

Sentada en la sala de clases veo entrar a los alumnos  Saludan, el gendarme cierra la puerta, toman asiento…vamos a comenzar una lectura, cuando..epa! aquí pasa algo raro…¿Dónde están Simón y Ari?

Se arma el alboroto, todos quieren contar… que son cuatro los castigados, Simón, Mario, Ari y Juan, que en un allanamiento encontraron algo (que por respeto a su persona no le podemos contar que es) y que la carreta completa se fue castigada, y que el dueño de esa cosa que yo no puedo saber, se hizo el cucho, no habló, y todos pagaron el pato

El resultado es que los cambiaron de módulo. Eso que suena a castigo liviano, es una tragedia. Simón ya no podrá ejercer su oficio de peluquero, la obra de teatro en la que participaban tres de los castigados se fue a las pailas, tampoco podrán venir a clases. No más libros, no más biblioteca, y lo peor, pérdida de la “conducta” que los habilita para postular a beneficios.

El traslado significa no volver a verlos más.

 

Es triste perder a  Ari, el hacker hosco que en dos años nunca faltó a una clase, y que sistemáticamente, (en CADA clase!!! ) llevó la contra,  Hombre culto y amargo, enamorado del dinero, se fue revelando como un tremendo poeta. Sus escritos desesperados son como rasguños en los que desangra al mundo. Increpa a Dios, le endosa la pérdida de su amada, lo culpa y se culpa en un tormento interminable. Son poemas místicos, escritos en trance y con una fuerza tremenda. En los años que lleva preso, nunca ha recibido visitas.

 

Juan, con un choclero menos, que bromeaba fabricándose un diente de plasticina y se conmovía hasta llorar, cada vez que algún poema le recordaba el suicidio de su hermano. Rápido, inteligente, movedizo y enamorado de su señora, le regalaba rosas para el aniversario, tantas rosas como años juntos. Alguna vez me enteré que está preso por narcotráfico…si es así el corazón de los narcos, tenemos esperanza.

 

Mario con su cara morena, casi no hablaba. Asentía en silencio y miraba el piso. Hombre impenetrable, lo observé curvarse de pena pensando en su familia, pero conocí también su escepticismo, su resquemor, su desconfianza.

 

Y Simón…ay Simón, regalón de la profe, niño del Ritalín, que nos hacías llorar de risa, y me apolillabas la clase moviéndote en la silla, y supe que te tiraste del sexto piso y te salvó tu ángel de la guarda, que no quiere que te mueras, porque vives lo más bien con una bala en la cabeza. ¿Qué vamos a hacer sin ti, pelusa, palomilla

Ay Andrea, cómo me hacen de bien tus blogs...hace mucho que no te leía (y que tampoco posteaba) y entrar a los blogs y buscar el tuyo fue casi instantáneo...no podías ser sino una mujer de esas que dejan huella y tú le das magia a esos presos...bien, a ponerme al día para repasar lo que ha sido ese taller...y tú cuéntales de este comentario para que todos los que te van quedando en el taller (o sea los q no han sido castigados ni han recibido migranoles!) sepan que tenerte con ellos es un regalo y q te deben estrujar (humanamente hablando) para q reciban de tí toda la chispa y la agudeza cotidiana que hace q varios te busquemos, sin conocerte, para leerte aunq sea un rato!

Un abrazo, Karina

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